Barrio de corazón

Azul y roja Avenida La Plata, azul y roja Avelino Díaz, Las Casas, Santander e Inclán. Abrazos y risas. Ojos mojados que recordaban a alguien que ya no está, aunque ahí se sentía cerca. Canciones y promesas cumplidas. Aplausos y brindis y encuentros felices en la muchedumbre. En Boedo había un microclima el domingo helado del 30 de junio. Cuando llegaron las doce de la noche los fuegos artificiales tiñeron el cielo de azulgrana y las gargantas afirmaron lo que tantas veces ya habíamos asegurado: Señores yo soy de un barrio, barrio de corazón, señores yo soy de Boedo y soy hincha del ciclón.

Fue una fiesta desde bien temprano. Los festejos oficiales estaban planificados desde las ocho de la noche, pero la ansiedad les ganaba a lxs cuervxs que se acercaban sólo a estar ahí, a pisar la avenida, a ver que efectivamente San Lorenzo había copado el predio, que no había marcha atrás, que los terrenos volvían a sus manos. Iban y venían de sus casas, buscaban guardar cada instante en una foto. Lxs nenxs bien emponchados corrían por la calle cortada atrás de una pelota y lxs más viejxs se fundían en abrazos de emoción. Se volvían a encontrar, con sus camisas de Los Matadores puestas, con la felicidad de estar viajando más de sesenta años en el tiempo.

Las dictaduras arrasan con sueños, ideales, inocencias y vidas. La de 1976 desapareció 30 mil personas y la identidad de tantos bebés como pudieron. Mediante los mismos métodos y por las mismas razones se llevaron la cancha del Ciclón. Sin embargo, tan admirable como valiente, Argentina resurgió del terror, del genocidio y del silencio. En Boedo seguimos el mismo ejemplo, el de las Madres y Abuelas, el de la búsqueda de justicia mediante la memoria y la verdad, y por eso hoy las llaves de Avenida La Plata 1700 las tiene San Lorenzo.

El Gasómetro es parte de nuestra identidad como hinchas. Es la unión de quienes alentaron en los tablones, de aquellos que gambetearon en el césped, de lxs que bailaron en los carnavales, de lxs que crecieron bajo sus maderas con lxs que no lo conocimos pero escuchamos cada anécdota con la misma emoción de quienes nos las contaban. Es tu viejo caminando por Av. La Plata con su viejo y es tu mamá cantando en la platea de mujeres. También son los festejos en San Juan y Boedo, cantar el cumpleaños cada primero de abril en la avenida y cada vez que en el Bidegain prometimos volver, por ellxs pero también por nosotrxs. Porque el sentimiento de pertenencia está en el ADN cuervo.

Para la noche las calles explotaban de hinchas, de todas las casas salían empilchadxs para festejar. Los autos pasaban tocando bocina, los micros de las peñas llegaban por Avenida San Juan. Los destinos se cruzaban: algunxs caminábamos hacia el oratorio desde donde salía la caravana y otrxs iban hacia el 1700. En el medio nos uníamos en alguna canción. Parecido a los festejos de campeonatos y copas pero no era lo mismo.

La magia que había en el aire no estuvo ni con la Libertadores, se sentía una felicidad inigualable, distinta. Sabíamos que no íbamos a vivir algo así nunca más y atesorábamos cada momento a cada paso. Las charlas recordaban las marchas, lxs 100 mil en Plaza de Mayo, la embajada de Francia, la Legislatura y el grito de desahogo después del 50-0. La utopía, los metros comprados, el camino recorrido, que nos traten de locxs y cada vez que juramos que iba a ser realidad.

Los terrenos que ocupó la multinacional durante tantos años estaban copados por cuervxs. San Lorenzo estaba escribiendo el capítulo más importante de su historia: desde los escenarios hasta las calles. Para cuando llegó el 1 de julio la emoción explotaba en cada pecho, la satisfacción de la justicia y del sueño cumplido invadió de lágrimas y abrazos el barrio. De repente el Gasómetro volvía a estar ahí, abajo de los fuegos, abrazado por una multitud que prometía volver para siempre.

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